
Al enviar cartas, la mayoría de las veces se suele pensar, que la carta la leerá solo a quién va dirigida. Pero al afirmar eso, se está en un gran error.
La semana pasada, llegó a mi casa una carta de la prima de mi mamá que vive en Perú. La carta iba dirigida a ella, de hecho decía "Querida Connie", pero mi mamá nos mostró algunas cosas que ella contaba. ¿Sabrá ella que su carta fue leída no solo por el destinatario? En este caso no es de gran importancia, porque indirectamente ella quiere contar cosas a la familia.
Pero que cosa más terrible sería si yo le mandara una carta a mi pololo y el se la mostrara a su familia o amigos, revelando mi propia intimidad y rompiendo el vínculo de confianza y confidencia que hay en las cartas. O qué espanto sería si mandara una carta a una amiga y ella se blasfemara de mi escritura o pensamientos, mostrándoselas a su vecino, que por cierto, no tiene por qué enterarse de mi vida, si el destinatario es mi amiga.
En fin, más de alguna vez lo he hecho, pero no para burlarme, sino para compartir la alegría de haber recibido noticias de otro. Pero siempre corro el peligro que el escritor de la carta no haya querido que yo lo hiciera.
Al leer "Papito piernas largas" de Jean Webster, me quedó el asierto que las cartas sirven de alguna forma para desahogarse en un mundo que muchas veces no nos comprende o no nos deja tiempo para escuchárnos. Aunque no tengamos respuesta a nuestra carta, nos liberamos de un peso, de esas reflexiones internas, que a veces no encontramos a alguien en el día a día que quiera escucharlas.

